Saturday, October 9, 2010

sabor a kenia - capítulo v

 Uganda es más caluroso, más verde y más pobre que Kenia. Al ser más caluroso, hay más mosquitos. Por ser más verde, las vacas son más gordas y grandes. Muchos van a  estudiar a Uganda porque es más barato y el cambio les favorece.
 Abandonamos Kenia a través de un puente angosto y corto, como el que separa Argentina de Bolivia en Pocitos. Luego pasamos el río Nilo, el río más largo del mundo, según “El Laberinto” (juego de PC. Sí, fuente muy confiable). 
 Se habla de “el peatón primero”, supuestamente. En África es “el animal primero”. Vacas, cabras y ovejas tienen la prioridad al cruzar la calle. Habiendo tanto espacio alrededor, a veces se ponen a pelear en medio de la ruta, como para romper la monótona trayectoria de los peatones y motorizados.  
 Dicen que el arroz de Uganda es bueno; pero en el mercado se vende más el arroz egipcio porque es más barato. Se me vienen a la mente los productos “Made in China”. Un claro ejemplo son las rutas de África, derretidas, agrietadas, con pozos, muchas veces peores que los caminos de tierra. 
 En Uganda conocimos a Adam Ismael, un musulmán que, siguiendo los pasos del padre, se estaba preparando para ser un líder religioso. Buscando una universidad económicamente accesible, fue a parar a la Universidad Adventista de Bugema. Él no quería saber nada sobre el adventismo, sólo estudiar a bajo costo. Es más, su tío le dijo que “musulmanizara” a todos los adventistas de la universidad. Pero le predicaron a él y fue bautizado. Cuando la familia se enteró, dejó de pagar sus estudios y fue echado de la casa. Cuando un musulmán abandona la religión, es sentenciado a muerte. Pero Adam no le teme a la muerte, porque aceptó a Jesús como su Salvador y sabe que va a resucitar. El próximo cuatrimestre va a empezar a estudiar teología porque quiere predicar entre los musulmanes. Nos pidió que oráramos por él para que Dios lo mantenga vivo para poder cumplir su sueño. 
 Hicimos 5 días seguidos de atención médica en diferentes pueblos alrededor de la universidad. Iglesias, al aire libre, las calles (porque a veces no hay vereda) fueron nuestros dispensarios. Estaba contenta porque había aprendido palabras básicas en kiswahili para poder atender a los pacientes; pero mi castillo de arena se derrumbó en un pestañear al enterarme que sólo hablaban luganda. Gracias que unos pocos sabían inglés. 
 El sábado fuimos a una iglesia rural. Estaba sentada en primer fila y durante el sermón se me acercó un niño de 3 años tal vez. Lo senté sobre la falda y hojeamos la Biblia. Él hablaba su idioma y yo le contestaba asintiendo la cabeza, el único idioma que compartíamos. El pequeño se bajó, vio mi pelo suelto y empezó a tocarlo delicadamente. Sus ojos brillaban y su rostro se iluminó. Dejó sus huellas digitales en mis lentes también. A la tarde, me senté a hablar con un amigo fuera de la iglesia, y se me acercaron todos los pequeños. Le di la mano a todos, y uno de ellos quedó magnetizado con mi reloj y no me soltaba. Quería arrancarlo de mi muñeca, pero como no podía, miraba, y otra vez hacía el intento de quitármelo, por si acaso. Su mirada parecía haberse perdido con los segundos y los minutos. Cuando se dio por vencido, descubrió mi pelo y brutalmente agarró un mechón y empezó a tironear. Creía, quizás, que tironeando podía arrancar cualquier cosa. Como mi amigo se reía a carcajadas, y yo no podía evitarlo tampoco, el nene hacía lo mismo. Parecía divertirse más que nadie. Después intentó otra vez con el reloj, por si yo había bajado mis defensas. 
 Una semana y 3 días pasaron en avión, y al volver a Kenia, me sentí como en casa. Fue raro, porque sólo estuve 2 semanas en Kenia, pero ya me hice un lugar acá. Desde el primer momento que llegué dormí, comí, y casi me bañé como la gente de acá. Dormir fue casi lo mismo, la única diferencia fue el mosquitero que colgaba como una carpa sobre la cama. La comida es buena, es la misma materia prima pero procesada de diferente forma, nada que no se pueda comer. Y el baño, bueno, los más grandes dicen que es Corea hace 50 años atrás. No sólo eso, casi todo lo demás. Aunque los humanos somos seres adaptables al medio, y bien lo hago, no puedo negar que fue una alegría volver a bañarme en la ducha y sentarme en el inodoro otra vez. 
 Llegamos a Nairobi, nuestro punto de partida de hace 3 semanas atrás, luego de 14 horas de viaje sobre rutas que se pueden llamar rutas y otras, algo como postguerra. Acá terminan los 3.000 km y mi primer viaje misionero. Todos los días agradecí a Dios por haberme dado la oportunidad de trabajar para él. Fue... lo mejor que hice en mi vida, trabajar para Dios sirviendo a los demás.

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