Saturday, October 9, 2010

sabor a kenia - capítulo iv

 14 horas fueron de vuelo desde Buenos Aires hasta Nairobi. Esa buena costumbre de poder dormir en cualquier transporte no sé dónde la dejé, porque dormí pésimo en el avión. Una vez me quedé dormida parada en el colectivo y se me aflojaron las rodillas. Creo que nadie se percató porque el colectivo iba lleno y cada uno sumergido en su mundo.
 El avión llegó tarde al aeropuerto de Buenos Aires, y salió con 1 hora de retraso. No hay de qué preocuparse!, dije, hasta que llegamos a Johannesburgo y me acordé, gracias al piloto que cuando aterrizamos mencionó algo del tema, que eran sólo 2 horas de espera en Sudáfrica, encima se atrasó el vuelo y ahora hasta que logre salir del avión me quedaba como media hora no más para la partida del próximo avión! 
 Disimuladamente me puse nerviosa y empecé a caminar rápido (como si nunca lo hiciera). Pero... qué grande que es el aeropuerto! y largo! o habrá sido tan sólo producto de mi desesperación? “Gate 19” no aparecía más! Me sentía como en los estacionamientos grandes de varios pisos que aparece el cartel “salida” con una flecha para que la sigas y apareza el MISMO cartel REPETIDO, y OTRA VEZ, y SUCESIVAMENTE. 
 Cuando llegué, todavía la “Gate 19” estaba cerrada y tuve tiempo de probar el asiento del aeropuerto de Johannesburgo.  Ahora que lo pienso, si no hubiese escuchado al piloto, en mi ignorancia, llegaba bien igual. Algo así pasa entre Dios y nosotros. Si oramos para que algo salga bien y así resulta, damos gracias a Dios. Pero si no oramos y obtenemos el mismo resultado, pensamos que fue un logro nuestro. El resultado es el mismo, la diferencia es la actitud, que si reconocemos que fue de Dios, damos gloria a Dios y aprendemos a confiar más en él. Así es cómo Dios me cuidó desde el principio y me llenó de bendiciones hasta ahora. 
 En fin, llegué a tiempo a Nairobi, el trámite de la visa fue más fácil que ir a pagar una boleta a pago fácil, no me detuvieron para revisar las valijas y ya me estaban esperando afuera. Salir a respirar aire keniano fue más rápido que hacer el trasbordo en Johannesburgo. 
 Al día siguiente arrancamos el motor de la camioneta para recorrer 3.000 km durante 25 días. 
 Llegamos tarde a nuestro primer destino (Kaprot, un pueblo en las profundidades de las montañas al este de Kenia) debido a los caminos que parecen imposibles de transitar y a la lluvia torrencial. Una combinación muy embarrada. Nos atrasamos un día. La camioneta se sacudía de un lado para el otro y nosotros también, como en el samba. Aceleró la digestión, y a pesar del buen desayuno, me dio hambre antes de tiempo.
 Cuando el sol estaba en su clímax, arribamos a la iglesia, donde el pastor tenía que predicar. Lo que vi en ese momento me tocó el corazón, mucho. 
 Toda la gente de la iglesia nos recibió en el camino con mucha alegría, y empezó a marchar danzando y cantando adelante nuestro para guiarnos hasta la iglesia. Y los niños corrían a la par de la camioneta para poder ver quiénes eran los extraños que esperaron esa mañana. 
 Nos halagaron tanto con semejante bienvenida que me hizo sentir mal. Ellos, nosotros, somos todos seres humanos, somos iguales! pero nos trataron como si fuésemos superiores. Lo que más me hizo sentir culpa fue que yo no estaba a la altura de sus expectativas. Tenía tanto camino por delante! 
 Entramos todos a la iglesia. Nunca vi una iglesia tan llena! Eran más de 1.000 personas. Los niños se sentaron en el suelo, sobre la tierra colorada, como la de Misiones. Toda esa muchedumbre nos estaba esperando! Me sentí más culpable. 
 El pastor dio una corta predicación... pero él hablaba en coreano, otro traducía al inglés y otro al kiswahili. Así que había que multipiclar el tiempo x 3. Después de esto, la gente no se fue a almorzar. Se fueron todos al río para el bautismo. El Río de la Plata es marrón, pero el agua de Kenia le pasa el trapo. Es color chocolate con dulce de leche, tipo clásico. En esas aguas se bautizaron 23 personas. 
 Kaprot fue el lugar donde vimos más de 1.000 pacientes. Ahí fue donde probé comida africana, donde aprendí las primeras palabras swahilis, y donde vi por primera vez África en crudo. 

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