(Puse un poco de todo en la licuadora).
Lo que voy a contar a continuación es mi mejor ejemplo de adaptación. Debo admitir que me da un poco de vergüenza; pero es bueno saber reírse de uno mismo. Durante 3 días estuve usando los baños típicos de acá, y me adapté tan bien que cuando volví a usar los baños “modernos”, un par de veces me olvidé de tirar de la cadena. Claro, me olvidé de desadaptarme.
El otro día viajé en un matatu que parecía que lo habían traído del desarmadero. No tenía nada sano. Roto, oxidado, arreglado, pegado, atado, o peor, ausente. Podría haber hundido mi dedo en en polvo acumulado sobre la superficie. No pude evitar pensar “En esto voy a viajar?”. Cuando cerré la puerta pensé que se iba a caer. Por las dudas, no me apoyé en ella.
Últimamente está lloviendo mucho, todos los días. Es época de lluvia. Las calles de tierra (en su mayoría) se vuelven muy cremosas y algunas, en mi opinión, son intransitables. Pero muchas veces es el único camino y no queda otra que seguir para adelante. En Argentina, cuando llueve, lo peor que le puede pasar a uno es empaparse de pies a cabeza. Ah, perdón, pisar una baldosa floja y salpicarse hasta la remera. Acá casi no hay baldosas, pero además de mojarse, uno se embarra y con muy mala suerte, pero infrecuente, se resbala y se cae. Cuando vuelva a Buenos Aires cómo voy a disfrutar caminar sobre las baldosas y el asfalto bajo la lluvia!
Al caminar no puedo quitar la vista del piso porque tengo que buscar dónde dar el próximo paso para no resbalarme y embarrar menos el calzado, o dónde pisar para quitar un poco el barro que parece una extensión de la suela. A veces no sé cómo llegar de vuelta al lugar porque no pude prestar atención por dónde iba, sólo en el piso. Encima, acá las casas no tienen numeración. Es como cuando uno se sabe de memoria cómo llegar a la casa de su mejor amigo, pero no sabe decir la dirección. Todo está al lado o en frente del tal, el portón celeste, la segunda puerta, o mejor, llamame cuando estés cerca que te busco. Lo bueno es que estoy sobreviviendo a todo esto. Es más, a veces, ya ni me importa si me embarro, total cuando vuelva a casa todo se lava y listo.
Si no es para vivir en la ciudad donde, más o menos, relativamente los caminos son buenos, se necesitan calzados todo terreno (sean zapatillas, zapatos o sandalias) y, sin falta, botas para lluvia. Esencial. Y el zapatero también, o un pegamento fuerte para los pedazos de calzado que se van desprendiendo.
Acá, si no sos africano, sos blanco, sin importar si sos rosado, blanco, amarillo o verde o del color que seas. No saben diferenciar los colores que no son africanos. Una vez apareció en la tele una mujer rubia con lentes y me dijeron que ella se parecía a mí(!) (pero “(!)” otra vez!). No podía hacerles entender que ella era rubia y de otra raza. Para mí, sólo teníamos en común el pelo largo, los lentes y que no somos africanas (los lentes no cuentan como característica racial y la negativa no es sumatoria). Para ellos eran muchas similitudes, suficientes para ver lo parecido que éramos. Si me ven con una persona mzungu (blanca) preguntan si somos hermanos. Es como cuando los occidentales ven a todos los orientales iguales y viceversa. Dicen que todos (orientales y occidentales) nos parecemos. Bueno, somos hermanos en Cristo y todos descendientes de Adán, así que nos tenemos que parecer en algo no?
Y para rematar, una vez me preguntaron “How old is your hair?”
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