La adaptada al campo fue a la ciudad capital de este país y el humo de la contaminación le entró hasta los sesos causándole dolor de cabeza. Y cruzar la calle le fue un desafío de vida o muerte, porque los semáforos son sólo adornos para que parezca más ciudad. Fue un sistema implementado para mejorar el tránsito pero no aprendido. Los agentes de tránsito son los que regulan el tráfico en los cruces principales, a la IMpar de los semáforos.
Al manejar en Nairobi no miren el semáforo, busquen al del chaleco fluorescente. Si no está, sean oportunistas. A pesar de que nadie se fija en esos postes, las luces siguen cambiando de verde a rojo, porque es LA CIUDAD. En las otras ciudades los semáforos no funcionan porque nadie los respeta y hay que ahorrar el consumo de electricidad. En Kenia, hay que saber manejar. No quiere decir que acá manejan bien, pero saben cómo no chocar.
Cuando uno va a obtener la licencia de conducir, es decir, aprender a manejar, lo meten en el auto que tiene calcos y carteles visiblemente visibles y llamativos escritos “conductor bajo instrucción” y junto al instructor van por las calles de la ciudad. Primera vez que toman el volante y ya los largan entre las bestias. Así aprenden y así también manejan.
Caminar en la ciudad fue como probar un bocado de Buenos Aires. No tiene nada parecido, pero el recuerdo vino como inercia. Un poco por las características que la hacen ciudad, pero también porque habían muchos mzungus. No era la única de piel blanca, que algunos piensan que se debe a que no corre sangre por dentro.
Después de estar un mes bañándome con agua de pozo vertida en una palangana, meterme bajo la ducha de agua caliente fue como comer mi plato preferido preparado por mamá luego de pasar meses comiendo el menú semanal monótono (que todos sabíamos de memoria) en el comedor de la universidad en mis tiempos de internado. Qué delicia! De todas las bendiciones que Dios me regaló ese día, fue la mejor.
Viajando de vuelta al campo, el minibus en el que iba se estacionó a la orilla de la ruta. Lo único que había era un puesto donde arreglan bicicletas y algunos hombres. Unos se acercaron al vehículo con bidones y otros se metieron entre los maizales para traer más de los mismos envases que evidentemente estaban escondidos. Un hombre se acercó a la parte trasera del minibus con un embudo casero y empezó a llenar el tanque. Con gasolina. Gasolina robada de los camiones estacionados en la ruta. Era una “estación de servicio” clandestina. Cuando terminaron de llenar el tanque empezaron a hacer señas a otro “cliente” para que cargue combustible.
Durante los viajes misioneros vi muchas veces gente robando gasolina de los camiones que están a un lado de la ruta. Una vez vimos un monumento cerca del camino y el chofer nos contó que en ese lugar se había volcado un camión de gasolina y cuando la gente del pueblo se acercó para llevarse la gasolina “gratis” el camión explotó y murieron un montón de personas. Al final, el combustible gratis costó más caro que el de las estaciones de servicio.
La comida rápida más común para los kenianos son las papas fritas con repollo y zanahoria salteadas. Con o sin ketchup. Las hay para comer en el lugar o para llevar. Ese día que volvía de Nairobi, el minubus se llenó de olor a papas fritas, y mi estómago también.
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