A pedido del público contaré algunos detalles del mejor fin de semana que tuve desde que llegué a Kenia.
Comenzó el viernes al mediodía cuando emprendí viaje hacia la Universidad Adventista de Baraton, donde hace un par de meses había conocido a un matrimonio joven proveniente de Bolivia. Habían pasado sólo 2 semanas desde mi llegada a este país y estuve hablando coreano, inglés, aprendiendo un montón de kiswahili pero nada de español. Cuando hablé con ellos en español fue como si estuviese hablando un idioma ajeno. Las palabras salían de mi boca atropelladamente queriendo hablar a velocidad habitual pero ya había empezado a perder la costumbre. Increíble.
Mis nuevos amigos son dentistas que trabajan como misioneros en el centro médico de la universidad. Y habernos encontrado en medio de tantas opciones que podríamos haber elegido para no cruzarnos ese día en ese lugar a esa hora me dice que Dios dirige las cosas y no puedo negarlo porque fue una gran bendición.
Ellos me invitaron a pasar el fin de semana en su casa, y de paso, aprovechar los eventos de la graduación. Al principio me imaginé la graduación de mi universidad (si no es tu propia graduación o la de tu mejor amigo o la de tu hermano, no vayas, es un sano consejo), pero la ceremonia en sí iba a ser sólo una pequeña parte de los 3 días que iba a pasar en Baraton. Además, tenía la opción de no asistir.
El día de mi cumpleaños empezó el 24 de julio a partir de las 00:00, claro, como siempre, como cualquier otro día; pero estaba despierta para recibir el día desde cero. Lo primero que hice fue dormir. Fue el primer regalo de Dios. Vino en un colchón duro que no tenía el centro hundido.
La mejor bendición fue ir a la iglesia y poder escuchar el sermón en inlgés. Siempre es en kiswahili y no entiendo nada, porque las pocas palabras que cazo no alimentan ni al gato.
Aunque no le dije a nadie que era mi cumpleaños hasta que se hizo de noche, tuve lindas sorpresitas por la mañana, un almuerzo tan rico y abundante que parecía no caber en el plato y con torta y helado, y un concierto que disfruté en las primeras filas. Todo como si supieran que nací unos años atrás en esta misma fecha. Salió mucho mejor que si lo hubiese planeado. Disfruté las 24 hs. del día y no me alcanzaron las palabras para agradecerle a Dios por todo lo que me había regalado.
Ese día, hablando con un indonés, me di cuenta que para los africanos un poco más entendidos, que saben diferenciar entre orientales y occidentales, todos los asiáticos somos chinos. Como si fuese una raza. Bueno, ahora que lo pienso, no es sólo acá, es un hecho universal.
La graduación fue el domingo al aire libre. Togas negras con franjas de diferentes colores iban y venían por todos lados. Las autoridades eran de multicolores, algunos parecían Cristóbal Colón con sus túnicas y sombreros o boinas o como se llame, y junto con las carpas en punta con bordes ondeados me hacían sentir como si hubiese viajado a la época medieval (algo como el torneo de tiro al blanco de Robin Hood, pero no habían arqueros). Salvo la parte de los discursos, fue una ceremonia llevadera, sin faltar el toque de humor que tienen los africanos.
Durante todo el fin de semana el clima fue perfecto, llovió cuando estaba bajo techo, no hubo barro, buena comida, linda cama, ducha y con agua caliente, buena gente, música agradable. Qué más podía pedirle a Dios si él me dio más de lo que quería?
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